No hay nada más triste
que no tener un oído que te escuche, un hombro que te aguante, unas palabras
que te alegren. No hay nada más triste que ser ignorado por las personas a las
que llamas amigos, que la mayoría de ellos sean más que nada por interés, que
se emparejen entre ellos y desaparezcas de su pequeño mundo de importancia, que
estar moribundo de la depresión y ni se pispeen. No hay nada más triste que
descargarse escribiendo a puros desconocidos a los que se pueden llamar más
amigos que unos cuantos con los que compartís tu día a día. No hay nada más
triste que no gustarle a nadie, que en dieciséis años de vida ni un mínimo amor
correspondido golpeó a tus puertas. No hay nada más triste que dejar de creer
en el amor. No hay nada más triste que una familia corrompida y enemistada por
el dinero, que unos agonicen solos sin que nadie recuerde el día de mañana que
estaban ayer, y, que otros de los que fallezcan sean los más grandes de tu
vida, tu viejo y tu abuelo. No hay nada más triste que esperanzarse al
reverendo pedo, que dejar de esperar cosas buenas de la gente solo para no
salir lastimado.
No hay nada más triste en el mundo que mi soledad.
¿Alguna vez de te despertaste y te diste cuenta que no le gustas a
nadie y, no sé, que tampoco les importas?
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